Llegamos a Monforte. Santi nos espera con carita sonriente, y nos ponemos en marcha. De los que somos, soy la que no tenía ni idea de dónde me iban a llevar, pero bueno, creo que puedo confiar, y así fué. Tras una caminata intentando esquivar a caracoles y gusanos suicidas que no miran a los dos lados para cruzar, y a través de viñas a punto de recoger, de las cuales no me dejaron ni probar un granito, (pobre aprendiz de peregrina., a la próxima delinco directamente, sin preguntar si puedo o no...) comienza la cosa a ponerse seria. Llegamos a las faldas de “el montecito” y se acaba el asfaltado. Lo mejor, para el final, que si no, la peli no tiene gracia....
Recuperado el aliento, hacemos una pequeña visita a San Pascual, vemos la cueva y nos disponemos a volver para los coches, por la ruta alternativa (menos mal que no elegimos esa opción para subir, porque aunque asfaltado, la pendiente era mayor, vamos, las bicis bajaban con una velocidad que si se la dan, bajan hasta Alenda dando vueltas sin frenarse...) Mis rodillas hacen un “ñik, ñik” como una visagra sin engrasar, a Jc le duelen las bambollas de los talones ( y eso que son zapatillas suyas, y usadas, pobre, te las vas a ver con aguja, dedal y yodo..) Llegamos a Orito, y nos quedamos con las ganas de la “cervecica/desayuno” en el bar, ¡cerrado! Y optamos por ir a una tiendecita pequeña, en la que nos compramos un Acuarius que nos anima, más si cabe, en nuestro camino (aii la conchita del camino en la latita) y nos lo tomamos sentaditos en en jardín mientras comentamos lo acaecido en la tienda... (fiuuuu)
Haciendo un prodigioso cálculo del tiempo, vemos que los padres de Santi, aparecen, para tomarse una cervecilla con nosotros! Peeeero, el hombre del bar no nos quiso abrir la persiana, qué le vamos a hacer... De nuevo, emprendemos el camino hasta el punto de salida, y vamos viendo casas de lo más pintorescas, desde el vecino que tiene una decoración siniestra compuesta por maniquíes a los cuales les faltan algunas partes de lo que se podría llamar “su anatomía” y al cual le pediré los decorados cuando filme mi película de miedo, en un futuro lejano, seguramente, hasta el del chalet pijo de formas cuadradas (dejémoslo ahí) y de nuevo, volvemos a pasar por caminos entre viñas, las obras paralizadas del tren (¿era el tren?) hasta llegar de nuevo al coche. Nos vemos en la siguiente salida, que se está haciendo de rogar!






